El mayor hecho de la historia fue la venida de Jesucristo al mundo para vivir y morir por la humanidad. El siguiente hecho más importante fue el avance de la iglesia para encarnar la vida de Cristo y para difundir el conocimiento de su salvación por toda la tierra.

La tarea que enfrentó la iglesia, cuando bajó del aposento alto, no fue fácil: consistía en continuar la obra de un hombre famoso porque lo habían matado (muerto como mueren los criminales) y además la iglesia debía persuadir a la gente de que este hombre se había levantado de la muerte y que él era el Hijo de Dios y el Salvador. A simple vista, esta misión, por su misma naturaleza, estaba condenada al fracaso desde el comienzo. ¿Quién creería semejante historia? ¿Quién pondría su fe en alguien a quien la sociedad había condenado y crucificado? Abandonada, la iglesia hubiera parecido como miles de sectas malogradas antes que ella, sin dejar nada para que recuerden las siguientes generaciones.

La razón por la que la iglesia no murió fue que existía un elemento milagroso dentro de ella. Ese elemento fue suministrado por el Espíritu Santo, quien vino en Pentecostés para darle poder. La iglesia no era una mera organización ni un simple movimiento, sino la encarnación viviente del poder del Espíritu Santo. Por esa razón logró en pocos años conquistas morales tan prodigiosas como inexplicables. La única explicación posible para estas conquistas es Dios mismo.

Resumiendo, la iglesia comenzó en poder, se movió en poder y se siguió moviendo mientras tuvo poder. Cuando dejó de tener poder, se encerró en sí misma y trató de conservar sus logros. Pero sus bendiciones fueron como el maná: cuando trataron de conservarlos, durante la noche crió gusanos y echó mal olor. Del mismo modo, hemos tenido énfasis como el monasticismo, el escolasticismo y el intitucionalismo, entre otros; todos han sido indicadores de lo mismo: ausencia de poder espiritual. En la historia de la iglesia, cada retorno al poder del Nuevo Testamento ha marcado un nuevo avance, una fresca proclamación del Evangelio, un resurgimiento del fervor misionero; y toda disminución de poder ha visto el surgimiento de algún nuevo mecanismo de conservación y defensa.

Si este análisis es razonable, entonces podemos pensar que en la actualidad estamos en un estado de muy baja energía espiritual: porque no puede negarse que la iglesia moderna se ha hundido hasta las orejas y está luchando desesperadamente para defender el poco terreno que posee. Carece del discernimiento espiritual para saber que su mejor defensa es una ofensiva, y se encuentra muy lánguida como para actuar según ese conocimiento.

Si queremos avanzar, necesitamos tener poder. El paganismo está cercando la iglesia y su única reacción son algunas respuestas pobres y tímidas. Tales actividades significan un poco más que una leve contracción de los músculos de un adormecido gigante, demasiado somnoliento. Si la iglesia quiere tener una posición de influencia espiritual tiene que tener poder; tiene que llegar a ser formidable. Debe ser una fuerza moral impactante para llegar a ser tenida en cuenta y hacer de su mensaje una cosa revolucionaria, conquistadora.

Considerando que “poder” es una palabra que se presta para múltiples usos y abusos, permítanme explicar lo que quiero decir con ello. Primero, quiero significar energía espiritual de suficiente voltaje como para producir grandes santos. Una generación de cristianos indulgentes e inocuos son un pobre ejemplo de lo que puede hacer la gracia de Dios cuando actúa poderosamente en un corazón humano. El acto carente de emoción de “aceptar al Señor” practicado entre nosotros conserva poca semejanza con las conversiones dramáticas del pasado. Necesitamos el poder que transforma, que llena el alma con una dulce intoxicación, que hará que cualquiera esté conmocionado por el amor de Cristo.

Actualmente tenemos “santos teológicos” que pueden (y deben) ser probados como santos, mediante una apelación al original griego. Necesitamos santos cuyas vidas proclamen su santidad y que no necesiten recurrir a la concordancia para su autenticación.

En segundo lugar, por “poder” quiero decir unción espiritual que produce unción celestial a nuestra adoración, que endulza nuestros lugares de encuentro con la presencia divina. En un lugar tan santo, los sermones altisonantes y las personalidades radiantes están fuera de lugar. El egocentrísmo y el egoísmo son una gran tristeza para el Espíritu Santo. El poder divino hace que el énfasis recaiga donde corresponde, es decir, sobre el Señor mismo y su mensaje a la humanidad.

Asimismo, por “poder” me refiero a esa cualidad celestial que marca la iglesia como algo divino. La mayor prueba de nuestra debilidad en la actualidad es que ya no existe nada terrible o misterioso acerca de nosotros. La iglesia ha sido explicada (la evidencia más segura de su caída). Actualmente tenemos muy poco que no pueda ser explicado por la psicología y la estadística. En aquella primera iglesia, sus miembros se reunían en el pórtico de Salomón y tan grande era el sentido de la presencia de Dios que “ningún hombre se atrevía a reunirse con ellos”. El mundo vio fuego en ese arbusto y retrocedió aterrado. Por el contrario, nadie les teme a las cenizas. Hoy cualquiera se atreve a acercarse tanto como se le antoja. Incluso palmean en la espalda a la novia profesa de Cristo con grosera familiaridad. Si alguna vez volvemos a impresionar a hombres perdidos, con un temor saludable a lo sobrenatural, será porque tenemos una vez más la dignidad del Espíritu Santo. Deberemos conocer nuevamente el temor reverente que tienen los hombres y las iglesias cuando se hallan plenos del poder de Dios.

Por “poder” me refiero a esa energía efectiva que Dios ha soltado en la iglesia y en las circunstancias que la rodean, tanto en tiempos bíblicos como posbíblicos, que la hicieron fructífera e invencible entre sus enemigos.

¿Milagros? Si, cuando y donde fueren necesarios. ¿Respuestas a la oración? ¿Providencias especiales? Todo esto y aún más. Todo está resumido en las palabras de Marcos: “y fueron y predicaron por doquier, el Señor con ellos y confirmando las palabras con señales que las sucedían”. Todo el libro de los Hechos y los más nobles capítulos de la historia de la iglesia, desde los tiempos del Nuevo Testamento, son una extensión de ese versículo. Palabras tales como aquellas del segundo capítulo de Hebreos se erigen como un reproche para los cristianos escépticos de nuestra época: “Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y distintos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”. Una iglesia fría se ve forzada a “interpretar” tal lenguaje. No puede penetrar en él, de modo que lo explica constantemente. Por eso, en esa triste situación, se puede incluso llegar a usar cualquier intento interpretativo y cualquier exposición sin respaldo escritural, para salvar las apariencias y justificar nuestra condición agonizante. Tal exégesis defensiva es solamente un refugio para la ortodoxia escéptica, un escondite para una iglesia demasiado débil como para estar de pie.

Nadie puede negar la necesidad de una ayuda sobrenatural en el trabajo de la evangelización mundial. Nos hallamos en desventaja por las fuerzas superiores del mundo. Y el hecho de no tener la ayuda de Dios significa una segura derrota. El cristiano que sale sin fe en los milagros, regresará sin fruto. Que nadie se atreva temerariamente a tratar de hacer cosas imposibles, salvo que haya sido previamente facultado por el Dios de lo imposible. Nuestra garantía de victoria es que “el poder de Dios estaba allí”.

Finalmente, por “poder” quiero decir esa inspiración divina que mueve el corazón y persuade al oyente a arrepentirse y a creer en Cristo. No es elocuencia, no es lógica, no es argumento. No es ninguna de estas cosas, si bien puede acompañar a cualquiera de ellas o a todas. Es más penetrante que el pensamiento, más desconcertante que la conciencia, más convincente que la razón. Es el sutil milagro que sigue a la predicación ungida, una misteriosa operación del Espíritu divino sobre el espíritu humano. Tal poder de estar presente en cierta medida antes de que alguien pueda ser salvo, es la facultad fundamental sin la cual hasta al más fiel seguidor le faltaría verdadera fe salvadora.

Tendremos tanto éxito en el trabajo cristiano como poder tengamos, ni más ni menos. La falta de fruto por un período prueba falta de poder. Las circunstancias externas pueden ser un obstáculo por un tiempo, pero nada puede oponerse por mucho tiempo al poder de Dios, así como el hecho de tratar de luchar contra los relámpagos intermitentes es oponerse a ese poder cuando es liberado sobre los hombres. O salvará o destruirá; traerá vida o traerá muerte.

“Recibiréis poder” es la promesa de Dios y la provisión de Dios. El resto depende de nosotros.


Por A.W. Tozer

 

"Sed Llenos del Espíritu" Efesios 5:18

Dificilmente podría parecer cuestión a discutir el hecho de que cada cristiano puede y debería ser lleno del Espíritu Santo. Pero algunos argüirán que el Espíritu Santo no es para el común de los cristianos, sino sólo para los ministros y misioneros. Otros mantienen que la medida del Espíritu recibida en la regeneración es idéntica a la recibida por los discípulos en Pentecostés, y que cualquier esperanza de una plenitud adicional después de la conversión se basa simplemente en el error. Unos pocos expresarán una lánguida esperanza de que algún día puedan ser llenados, y aun otros evitarán la cuestión como una acerca de la que conocen bien poco y que sólo podría causarles embarazo.

Quiero aquí declarar osadamente que es mi feliz creencia que cada cristiano puede tener un copioso derramamiento del Espíritu Santo en una medida mucho más allá de la recibida en la conversión, y podría decir también que mucho más allá de la recibida por el común de los creyentes ortodoxos en la actualidad.

Es importante que aclaremos esto, porque la fe es imposible hasta que las dudas sean eliminadas. A un corazón que duda, Dios no lo sorprenderá con una efusión del Espíritu Santo, ni llenará a nadie que ponga en tela de juicio la posibilidad de ser llenado.

A fin de eliminar dudas y de crear una expectativa confiada, recomiendo un estudio reverente de la misma Palabra de Dios. Estoy dispuesto a descansar mi causa en las enseñanzas del Nuevo Testamento. Si un examen cuidadoso y humilde de las palabras de Cristo y de sus apóstoles no nos conduce a creer que podemos ser llenos ahora con el Espíritu Santo, no veo entonces razón alguna para buscar en ningún otro lugar. Porque poco importa lo que hayan dicho éste o aquel maestro religioso en favor o en contra de la proposición. Si la doctrina no se enseña en las Escrituras, no puede entonces ser sustentada por medio de ningún argumento, y todas las exhortaciones que se puedan presentar carecen totalmente de valor.


No presentaré aquí un alegato en favor de la afirmativa. Que el indagador examine la evidencia por sí mismo, y si decide que no hay Justificación en el Nuevo Testamento para creer que puede ser lleno del Espíritu, que cierre este libro y se ahorre la molestia de seguir leyendo. Lo que digo de aquí en adelante se dirige a aquellos hombres y mujeres que han salido de dudas y
que están confiados en que cuando afronten las condiciones pueden realmente ser llenos del Espíritu Santo.

Antes que alguien pueda ser llenado por el Espíritu debe estar seguro que quiere estarlo. Y esto se debe tomar en serio. Muchos cristianos quieren ser llenados, pero el deseo de ellos es de un tipo vago y romántico que apenas si merece ser llamado deseo. Casi no tienen ningún conocimiento de lo que les costará el obtenerlo.

Imaginemos que estamos hablando con un indagador, un Joven y anhelante cristiano, digamos, que nos ha buscado para aprender acerca de la vida llena del Espíritu. De una manera tan gentil como sea posible, considerando la naturaleza directa de las preguntas, sondearíamos su alma de una manera más o menos así:

«¿Estás seguro de que quieres ser lleno de un Espíritu que, aunque es como Jesús en su gentileza y amor, exigirá no obstante ser el Señor de tu vida? ¿Estás dispuesto a que tu personalidad sea tomada por otro, aunque se trate del mismo Espíritu de Dios?

Si el Espíritu toma tu vida a su cargo, esperará de ti una obediencia total en todo. No tolerará en ti los pecados del yo, aunque sean permitidos y excusados por la mayoría de los cristianos. Por pecados del yo me refiero al amor propio, a la autocompasión. a buscar lo propio, a la autoconfianza, a la Justicia propia, al engrandecimiento propio, a la autodefensa. Descubrirás que el Espíritu está en acusada oposición a los caminos fáciles del mundo y de la multitud mezclada dentro de los recintos de la religión. Será celoso sobre ti para bien. No te permitirá que te Jactes, que te magnifiques o que te exhibas. Tomará la dirección de tu vida alejándote de ti. Se reservará el derecho de ponerte a prueba, de disciplinarte, de azotarte por causa de tu alma. Puede que te prive de muchos de aquellos placeres fronterizos que otros cristianos disfrutan pero que para ti son una fuente de refinado mal. En todo ello, te envolverá Él en un amor tan vasto, tan poderoso, tan inclusivo, tan maravilloso, que tus mismas pérdidas te parecerán ganancias, y tus pequeños dolores como placeres. Pero la carne gemirá bajo su yugo y clamará en contra de ello como una carga demasiado pesada para ser llevada. Y se te permitirá gozar del solemne privilegio del sufrimiento para completar «lo que falta de las aflicciones de Cristo» en tu carne por causa de su cuerpo, que es la Iglesia. Ahora bien, con estas condiciones ante ti, ¿sigues queriendo estar lleno del Espíritu Santo?»

Si esto parece severo, recordemos que el camino de la cruz nunca es fácil. El brillo y oropel que acompañan a los movimientos religiosos populares son tan falsos como el resplandor en las alas del ángel de las tinieblas cuando por un momento se transforma en ángel de luz. La timidez espiritual que teme mostrar la cruz en su verdadero carácter no debe ser excusada con ningún tipo de razones. Puede resultar sólo en frustración y tragedia como fin.

Antes que podamos ser llenos con el Espíritu, el deseo de ser llenado debe ser consumidor. Debe ser en aquel momento lo más grande en la vida, algo tan agudo, tan intrusivo, que no deje lugar a nada más. El grado de plenitud en cualquier vida concuerda perfectamente con la intensidad del verdadero deseo.


Tenemos tanto de Dios como realmente queremos.

Un gran estorbo para la vida llena del Espíritu es la teología de la autocomplacencia, tan extensamente aceptada entre los cristianos evangélicos en la actualidad. Según este punto de vista, un deseo agudo es una evidencia de incredulidad y una prueba del desconocimiento de las Escrituras. Una refutación suficiente de esta postura la dan la misma Palabra de Dios y el hecho de que siempre fracasa en producir verdadera santidad entre los que la mantienen. Luego, dudo acerca de si alguien recibió Jamás el aflato (soplo) divino que aquí nos ocupa, si no experimentó al principio un período de profunda ansiedad y de agitación interior. La satisfacción religiosa es siempre enemiga de la vida espiritual. 



Las biografías de los santos enseñan que el camino a la grandeza espiritual ha sido alcanzado siempre por medio de mucho sufrimiento y dolor interior. 

La frase «el camino de la cruz», aunque ha llegado a denotar en algunos círculos algo muy hermoso e Incluso placentero, sigue significando para el verdadero cristiano lo que siempre ha significado: el camino del rechazamiento y de la pérdida. Nadie Jamás gozó una cruz, así como nadie Jamás gozó una horca.
El cristiano que busca cosas mejores y que para su consternación se ha encontrado en un estado de total desesperanza en cuanto a si mismo no tiene por qué desalentarse. La desesperanza del yo, cuando va acompañada
de fe, es una buena amiga, porque destruye uno de los más poderosos enemigos y prepara al alma para la ministración del Consolador. Un sentimiento de una absoluta vaciedad, de desaliento y de tiniebla puede (si estamos alerta y conocedores de lo que está sucediendo) ser la sombra en el valle de sombras que conduce a aquellos campos feraces que se encuentran después de él. Si lo entendemos mal y nos resistimos a la visitación de Dios, podemos perdernos totalmente cada uno de los beneficios que tiene en mente un bondadoso Padre celestial para nosotros. Si cooperamos con Dios, Él quitará los consuelos naturales que nos han servido como madre, y que durante tanto tiempo nos han sido nuestro sustento, y nos pondrá allí donde no podemos recibir ayuda alguna excepto la del mismo Consolador. Nos quitará aquella cosa falsa que los chinos llaman «rostro» y nos mostrará lo penosamente pequeños que somos.
Cuando haya acabado su obra en nosotros, sabremos lo que quería decir el Señor cuando dijo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu.»

Está seguro, sin embargo, que en esta penosa disciplina no seremos abandonados por nuestro Dios. Él nunca nos dejará ni nos abandonará, ni se irritará contra nosotros ni nos reprenderá. Él no quebrantará su pacto ni mudará lo que ha salido de su boca. Él nos guardará como la niña de su ojo y vigilará sobre nosotros como una madre vigila sobre su hijo. Su amor no fallará ni siquiera cuando nos lleve a través de esta experiencia de autocrucifixión, tan real y tan terrible, que sólo podamos expresarla clamando: « ¡Dios mío. Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

Ahora bien, pongamos en claro nuestra teología acerca de todo esto. No hay en todo este penoso desnudamiento ni el más remoto concepto de mérito humano. La «oscura noche del alma» no conoce ni un solo tenue rayo de la traicionera luz de la pretensión de Justicia propia. No es mediante el sufrimiento que ganamos la unción que anhelamos, ni nos hace más queridos para Dios esta devastación del alma, ni nos da favor adicional ante sus ojos. El valor de la experiencia del desnudamiento reside en su poder de desligamos de los intereses pasajeros de la vida y de ponernos de cara a la eternidad. Sirve para vaciar nuestros vasos terrenales y para preparamos para la llenura del Espíritu Santo.
La llenura del Espíritu, así, demanda que entreguemos nuestro todo, que suframos una muerte Interior, que libremos nuestros corazones de la acumulación de siglos de basura adánica y que abramos todas nuestras estancias al Huésped celestial.
El Espíritu Santo es una Persona viviente y debería ser tratado como tal Persona. Jamás debemos pensar en Él como una energía ciega ni como una fuerza impersonal. Él escucha y ve y siente lo mismo que cualquier otra persona. Habla y nos oye hablar. Podemos complacerle o agraviarle o silenciarle lo mismo que a otra persona. Él responderá a nuestro tímido esfuerzo por conocerle y siempre nos encontrará a mitad del camino.

Por maravillosa que sea la experiencia de crisis de ser llenado con el Espíritu, debiéramos recordar que se trata sólo de un medio para algo mayor: esta cosa mayor es el caminar toda la vida en el Espíritu, habitados, dirigidos, enseñados y energizados por su poderosa Persona. Y la continuidad de este andar en el Espíritu demanda el cumplimiento de ciertas condiciones. Éstas nos son establecidas en las Sagradas Escrituras, y están ahí para que las veamos todos.

El andar llenos del Espíritu exige, por ejemplo, que vivamos en la Palabra de Dios como un pez vive en el agua. Con esto no me refiero meramente a que estudiemos la Biblia ni que tomemos un «curso» de doctrina bíblica. Me refiero a que deberíamos «meditar día y noche» en la Palabra sagrada, que debiéramos amarla, hacer de ella un festín y digerirla cada hora del día y de la noche. Cuando los negocios de la vida atraigan nuestra atención debemos, sin embargo, por una especie de bendito reflejo mental, mantener siempre ante nuestras mentes la Palabra de Verdad.

Entonces, si queremos complacer al Espíritu que mora en nosotros, debemos estar absolutamente absortos con Cristo. La presente honra del Espíritu es honrarle, y todo lo que Él hace tiene esto como fin último. Y debemos hacer de nuestros pensamientos un limpio santuario para su santa morada. Él mora en nuestros pensamientos, y los pensamientos sucios le son tan repugnantes a Él como lo es el lino sucio para un rey.
Por encima de todo debemos tener una fe llena de aliento que nos mantendrá en fe por muy radical que sea la fluctuación en nuestros estados emotivos.
La vida ocupada por el Espíritu no es una edición especial «deluxe» del cristianismo que pueda ser disfrutada por unos pocos privilegiados que tengan la suerte de estar hechos de un material más bueno y sensible que el resto. Se trata más bien del estado normal de cada persona redimida por todo el mundo.

Es «el misterio que había estado oculto desde los siglos y generaciones pasadas, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuáles son las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria» (Colosenses 1:26).

Faber, en uno de sus dulces y reverentes himnos, dirigió esta dulce palabra al Espíritu Santo:

Océano, amplio océano eres Tú,
De amor increado;
Tiemblo mientras en mi alma
Tus aguas mover siento.
Tú un mar sin orilla eres:
Eres terrible, de gran extensión;
Mar que puede a sí mismo contraerse
Dentro de mí pequeño corazón



Por A. W. Tozer

 



¿Qué es la hez del mundo? (1.a Corintios 4:13). ¿Es la polilla social de la cual nace el sindicato del crimen? ¿Es el genio del mal operando en las esferas internacionales? ¿Es Babilonia? ¿Es Roma? ¿Es el pecado? ¿Es una legión de malos espíritus que llevan este repulsivo título? ¿Qué es...?

Un millar de suposiciones sobre esta pregunta podría traer un millar de respuestas diferentes, todas desacertadas. La verdadera respuesta es la misma antítesis de lo que podríamos esperar. Esta «hez del mundo» no son hombres ni demonios. No es lo malo, sino lo bueno —y no solamente bueno, sino lo mejor de todo—. No es material, sino espiritual; no es de Satanás, sino de Dios. No es la Iglesia, sino un santo. No es sólo un santo, sino lo más santo de entre los santos. «Nosotros los apóstoles —dice Pablo— somos la hez de este mundo.» Luego, para añadir injuria al insulto, eleva la infamia y profundiza la humillación, añadiendo: (Nosotros los apóstoles somos) «la escoria de todas las cosas» (1.a Corintios 4:13).

Cualquier hombre que se ha llamado a sí mismo «hez de la tierra» no tiene ambiciones y, por tanto, no tiene por qué estar celoso de nada. No se atribuye reputación; por tanto, no tiene por qué pelear con nadie. No tiene posesiones; por tanto, no tiene por qué preocuparse. No tiene derechos; por tanto, no tiene razón para sufrir agravios. ¡Bendito estado! Se considera muerto; por tanto, nadie puede matarle. En tal estado de mente y de espíritu, ¿puede alguien maravillarse de que los apóstoles transformaran al mundo? Que los creyentes ambiciosos de hoy día consideren esta actitud apostólica hacia el mundo. Que el popular evangelista viviendo al estilo Hollywood reflexione sobre sus caminos.

Lo que dolía a Pablo más que sus ciento noventa y cinco azotes, tres apedreamientos y tres naufragios, era la crítica contenciosa y carnal de la gente de Corinto. Esta iglesia estaba dividida por rivalidades carnales —y por dinero—. Algunos habían subido a las alturas de la fama y eran los primeros comerciantes de la ciudad. Por esto Pablo les dice: «Vosotros habéis reinado como reyes sin nosotros.» Considerad los contrastes de 1.a Corintios 4:8: «Vosotros estáis llenos, sois ricos, habéis reinado como reyes sin nosotros. Nosotros somos necios por amor de Cristo, débiles, despreciados...; andamos desnudos y vagabundos (vers. 11). Somos hecho un espectáculo al mundo, a los hombres y a los ángeles.»

No era difícil para Pablo, después de todo esto, declararse a sí mismo el menor de todos, pero, luego, Pablo dirige toda esta verdad contra aquellos cuya fe había perdido su enfoque. Estos corintios estaban llenos, pero no eran libres. (Un hombre que ha escapado de su celda no es libre aunque haya podido arrojar de sí la cadena.) A Pablo le dolía que ellos tuvieran sobreabundancia y él nada; se queja de que su riqueza les había traído flaqueza de alma. Ellos tenían comodidad, pero no cruz; eran ricos, pero no traían el reproche de Cristo. No les dice que no son cristianos, sino que están buscando un camino sin espinas para ir al cielo. Por esto añade: «Ojalá que reinarais.» Si ellos estuvieran reinando, sería porque Cristo habría venido: el Milenio habría empezado. Y Pablo termina: «Para que nosotros reinásemos con vosotros.»

Pero ¿quién quiere ser deshonrado, despreciado, desprestigiado? Esta verdad es revolucionaria y transtorna toda nuestra corrompida enseñanza cristiana. ¿Quién se goza en ser estimado necio? ¿Es fácil ver nuestros nombres pisoteados como cosa mala? El régimen ateo rebaja a los hombres, Cristo los levanta. El verdadero Cristianismo es mucho más revolucionario que dicho sistema (aunque sin ser sangriento). Los tractores del mismo han tratado de allanar los montes de la riqueza y llenar los valles de la pobreza. Pensaron que por medio de la educación podían «enderezar los caminos torcidos», pero un Acta parlamentaria o una variación política no pueden traer el Milenio.

Pablo dijo acerca del apostolado: «Pobres, pero enriqueciendo a muchos.-» Gracias a Dios la bolsa de Simón el Mago no atrae la atención del Espíritu Santo. Si nosotros no hemos aprendido todavía cómo tratar con «el mamón  injusto», ¿cómo nos serán confiadas las verdadaderas riquezas?

Así que Pablo, un hombre social y materialmente en bancarrota, catalogado entre la «hez del mundo», pudo entender que, como hez, tendría que ser pisoteado por los hombres. Aun cuando podía responder a los filósofos epicúreos en la colina de Marte, sin embargo, por amor de Cristo, estaba dispuesto a ser tratado como loco. En cuanto a Jesús, el antagonismo del mundo fue fundamental y perfecto.

Hermanos, ¿es esto lo que elegimos? ¿Hay algo que nos irrite más que ser clasificados entre los indoctos e ignorantes? Sin embargo, un humilde pescador escribió el Apocalipsis, que todavía confunde a los eruditos. Estamos sufriendo hoy día una plaga de ministros que se preocupan más de llenar sus cabezas que de encender sus corazones. Si un predicador tiene inclinaciones por la cultura, que obtenga sus grados antes de entrar en el ministerio, pues cuando se encuentre ocupado en una labor tan importante, veinticuatro horas al día no le serán suficientes para llevar los nombres de su rebaño ante el gran Pastor y prepararles su alimento. El hecho es que las cosas espirituales tienen que ser discernidas espiritualmente (no psicológicamente). Ni Dios ni sus juicios han cambiado. Todavía es su prerrogativa «esconder las cosas de los sabios y entendidos y revelarlas a los niños». Y los niños, hermanos, no tienen intelectos colosales. La iglesia de esta hora se envanece a cada momento con los altos títulos de sus ministros, pero paraos un momento antes de envaneceros en la carne. Estamos teniendo una época muy baja en nacimientos espirituales. Y el diablo no se asusta hermano Apolos, de tu catarata de palabras elocuentes.

La línea de demarcación entre el mundo y el Cristianismo es bien distinta y significa descrédito. Los peregrinos de Juan Bunyan, pasando por la «Feria de Vanidad», eran todo un espectáculo. Su vestido, palabras, intereses y sentido de los valores se diferenciaban enteramente de la gente mundana. ¿Son así nuestras vidas hoy?

Durante la última guerra un general inglés dijo: «Tenemos que enseñar a nuestros hombres a odiar, pues si no odian no lucharán.» Hemos oído mucho (aunque no lo suficiente) respecto al amor perfecto, pero también necesitamos conocer el «airaos y no pequéis». El creyente lleno del Espíritu aborrecerá la iniquidad, la injusticia, la impureza y luchará contra todas estas cosas. Porque Pablo odiaba al mundo, el mundo odiaba a Pablo. Nosotros necesitamos también esta disposición a la oposición.

Stanley escribió su África oscura y el general Booth su Inglaterra oscura en medio de la más aplastante oposición. El primero vio los altos e impenetrables bosques con sus rugientes leopardos, sutiles serpientes y habitantes de las tinieblas. Guillermo Booth vio las calles de Inglaterra como Dios las veía, con su concupiscencia, pecado, juegos, prostitución, y levantó un ejército de Dios para combatir estas cosas. Nuestras aceras de enfrente son ahora nuestros campos de misión. No hagáis caso de la cultura y de las buenas maneras, pues una señora bien educada y de hablar suave puede estar tan lejos de Dios como una madre «Mau-Mau» vestida de hierba. Nuestras ciudades viven sumergidas en la impureza.
Un cristiano que llena su cerebro, noche tras noche, de cuentos de la televisión, llegará a tener un cerebro seco y un alma en bancarrota. Haría mejor de pedir a Dios que le quitara de este mundo, si está tan enamorado de esta edad licenciosa que la ceguera del pecado no arranca lágrimas de su alma. Cada calle de nuestras ciudades es un río de borracheras, divorcios, oscuridad diabólica y condenación. Si tomáis partido en contra de todo esto, no extrañéis, hermanos lectores, que el mundo os aborrezca. «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo.»

Pablo declara rotundamente: «El mundo me es crucificado a mí.» Esto está fuera del alcance de los cristianos del siglo xx. El Gólgota fue testigo de multitudes que venían a ver la humillación de los malhechores que allí eran ejecutados. El lugar de crucifixión era un carnaval de burla y menosprecio. Pero ¿quién iba a la mañana siguiente a ver las víctimas? Solamente las águilas y los buitres para arrancarles los ojos y destrozar sus costillas. El espectáculo tenía que ser repugnante. Del mismo modo, Pablo, crucificado al mundo, era repugnante para el mundo.

¿Podríamos nosotros repetir interiormente, con labios temblorosos, esta frase: El mundo me es crucificado a mi?l Sólo cuando seamos de tal modo «muertos al mundo», con toda su pompa y placeres pasajeros, podremos sentir la libertad que Pablo conoció. El hecho cierto es que nosotros, los seguidores de Cristo, respetamos al mundo, sus opiniones, alabanzas y títulos. Un crítico moderno dijo que los creyentes tenemos «el oro como nuestro Dios y la ciencia como credo». (El que se enoje es que le duele.) Sin embargo, en este mismo año de gracia conozco algunos creyentes de ambos lados del Atlántico que visten trajes de segunda mano a fin de ahorrar su dinero para la obra de Dios y que, como Pablo, se hacen necios por amor al Evangelio.

Este bendito hombre de Dios, para quien el mundo le era crucificado, era considerado como «loco». Sin embargo, Pablo presentó de tal modo su mensaje que otros buscaron su muerte porque su «negocio corría peligro». ¡Estos benditos apóstoles, con su santo y saludable desprecio del mundo, cómo nos avergüenzan! Como dijo cierto poeta:

Siguieron la senda que asciende hacia el cielo Con grandes peligros, angustia y dolor. ¡Oh Dios!, danos gracia, Espíritu y celo A fin de seguirles con igual fervor.

Pronto vendrá el «adiós a la mortalidad y bienvenida a la eternidad». Por esto te deseo, querido lector, un año de abnegado servicio para Aquel que tanto se sacrificó por nosotros, para que nosotros también podamos terminar nuestra carrera con gozo.
 
 
Por Leonard Ravenhill


Sin anunciar y casi sin ser detectada, ha entrado en el círculo evangélico una cruz nueva en tiempos modernos. Se parece a la vieja cruz, pero no lo es; aunque las semejanzas son superficiales, las diferencias son fundamentales. Mana de esa nueva cruz una nueva filosofia acerca de la vida cristiana, y de aquella filosofia procede una nueva técnica evangélica, con una nueva clase de reunión y de predicación. Ese evangelismo nuevo emplea el mismo lenguaje que el de antes, pero su contenido no es el mismo como tampoco lo es su énfasis.


La cruz vieja no tenía nada que ver con el mundo, para la orgullosa carne de Adán, significaba el fin del viaje. Ella ejecutaba la sentencia impuesta por la ley del Sinaí. En cambio, la cruz nueva no se opone a la raza humana; antes al contrario, es una compañera amistosa y, si es entendida correctamente, puede ser fuente de océanos de diversión y disfrute, ya que deja vivir a Adán sin interferencias. La motivación de su vida sigue sin cambios, y todavía vive para su propio placer, pero ahora le gusta cantar canciones evangélicas y mirar películas religiosas en lugar de las fiestas con sus canciones sugestivas y sus copas. Todavía se acentúa el placer, aunque se supone que ahora la diversión ha subido a un nivel más alto, al menos moral aunque no intelectualmente.


La cruz nueva fomenta un nuevo y totalmente distinto trato evangelistico. El evangelista no demanda la negación o la renuncia de la vida anterior antes de que uno pueda recibir vida nueva, predica no los contrastes, sino las similitudes; intenta sintonizar con el interés popular y el favor del público, mediante la demostración de que el cristianismo no contiene demandas desagradables, antes al contrario, ofrece lo mismo que el mundo ofrece pero en un nivel más alto. Cualquier cosa que el mundo desea y demanda en su condición enloquecida por el pecado, el evangelista demuestra que el evangelio lo ofrece, y el género religioso es mejor.


La cruz nueva no mata al pecador, sino que le vuelve a dirigir de nuevo en otra dirección. Le asesora y le prepara para vivir una vida más limpia y más alegre, y le salvaguarda el respeto hacia sí mismo, es decir, su "auto-imagen" o la "opinión de sí mismo". Al hombre lanzado y confiado le dice: "Ven y sé lanzado y confiado para Cristo". Al egoísta le dice: "Ven yjáctate en el Señor". Al que busca placeres le dice: "Ven y disfruta el placer de la comunión cristiana". El mensaje cristiano es aguado o desvirtuado para ajustarlo a lo que esté de moda en el mundo, y la finalidad es hacer el evangelio aceptable al público.


La filosofia que está detrás de esto puede ser sincera, pero su sinceridad no excusa su falsedad. Es falsa porque está ciega. No acaba de comprender en absoluto cuál es el significado de la cruz.


La cruz vieja es un símbolo de muerte. Ella representa el final brutal y violento de un ser humano. En los tiempos de los romanos, el hombre que tomaba su cruz para llevarla. ya se había despedido de sus amigos, no iba a volver, y no iba para que le renovasen o rehabilitasen la vida, sino que iba para que pusiesen punto final a ella. La cruz no claudicó, no modificó nada, no perdonó nada, sino que mató a todo el hombre por completo y eso con finalidad. No trataba de quedar bien con su víctima, sino que le dio fuerte y con crueldad, y cuando hubiera acabado su trabajo, ese hombre ya no estaría.


La raza de Adán está bajo sentencia de muerte. No se puede conmutar la sentencia y no hay escapatoria. Dios no puede aprobar ninguno de los frutos del pecado, por inocentes o hermosos que aparezcan ellos a los ojos de los hombres. Dios salva al individuo mediante su propia liquidación, porque después de terminado, Dios le levanta en vida nueva.


El evangelismo que traza paralelos amistosos entre los caminos de Dios y los de los hombres, es un evangelio falso en cuanto a la Biblia, y cruel a las almas de sus oyentes. La fe de Cristo no tiene paralelo con el mundo, porque cruza al mundo de manera perpendicular. Al venir a Cristo no subimos nuestra vida vieja a un nivel más alto, sino que la dejamos en la cruz. El grano de trigo debe caer en tierra y morir.


Nosotros, los que predicamos el evangelio no debemos considerarnos agentes de relaciones públicas, enviados para establecer buenas relaciones entre Cristo y el mundo. No debemos imaginarnos comisionados para hacer a Cristo aceptable a las grandes empresas, la prensa, el mundo del deporte o el mundo de la educación. No somos mandados para hacer diplomacia sino como profetas, y nuestro mensaje, no es otra cosa que un ultimatum.


Dios ofrece vida al hombre, pero no le ofrece una mejora de su vida vieja. La vida que El ofrece es vida que surge de la muerte. Es una vida que siempre está en el otro lado de la cruz. El que quisiera gozar de esa vida tiene que pasar bajo la vara. Tiene que repudiarse a sí mismo y ponerse de acuerdo con Dios en cuanto a la sentencia divina que le condena.

¿Qué significa eso para el individuo, el hombre bajo condenación que quisiera hallar vida en Cristo Jesús? ¿Cómo puede esa teología traducirse en vida para él? Simplemente, debe arrepentirse y creer. Debe abandonar sus pecados y negarse a sí mismo. ¡Que no oculte ni defienda ni excuse nada! Tampoco debe regatear con Dios, sino agachar la cabeza ante la vara de la ira divina y reconocer que es reo de muerte.

Habiendo hecho esto, ese hombre debe mirar con ojos de fe al Salvador; porque de Él vendrá vida, renacimiento, purificación y poder. La cruz que acabó con la vida terrenal de Jesús es la misma que ahora pone final a la vida del pecador; y el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos, es el mismo que ahora levanta al pecador arrepentido y creyente para que tenga vida nueva junto con Cristo.

A los que objetan o discrepan con esto, o lo consideran una opinión demasiada estrecha, o solamente mi punto de vista sobre el asunto, déjame decir que Dios ha sellado este mensaje con Su aprobación, desde los tiempos del Apóstol Pablo hasta el día de hoy. Si ha sido proclamado en estas mismísimas palabras o no, no importa tanto, pero sí que es y ha sido el contenido de toda predicación que ha traido vida y poder al mundo a lo largo de los siglos. Los místicos, los reformadores y los predicadores de avivamientos han puesto aquí el énfasis, y señales y prodigios y repartimientos del Espíritu Santo han dado testimonio juntamente con ellos de la aprobación divina.

¿Nos atrevemos, pues, a jugar con la verdad cuando somos conocedores de que heredamos semejante legado de poder? ¿Intentaríamos cambiar con nuestros lápices las rayas del plano divino, el modelo que nos fue mostrado en el Monte? ¡En ninguna manera! Prediquemos la vieja cruz, y conoceremos el viejo poder.





 
Aiden Wilson Tozer


Probablemente este familiarizado con la historia del Rey David y su única aventura adultera con Betsabé. El incidente resulta en el embarazo de Betsabé. Tan pronto como ella descubrió su condición, ella le manda una nota a David, diciendo: “Estoy embarazada.”
Cuando David leyó la nota, tuvo pánico. Su reputación como un hombre piadoso y recto estaba en peligro. Él era un hombre que había escrito más de 3.000 Salmos y cánticos espirituales. Él fue el instrumento de Dios al matar los enemigos de Israel. Y él le había ilustrado al mundo lo que significaba tener un gran corazón para Dios.

Pero ahora, en su estado de pánico, David pensó no tan solo en su reputación, sino en la del Señor. Si su pecado fuera expuesto, estaría conectado al nombre de Dios. Visiones de un gran escándalo inundaban su mente. Así que David, concibió un plan para cubrir su aventura con Betsabé. Y la puso en acción enviándole un mensaje a Joab, el general al frente de su ejército. El mensaje decía, “Envíame a Urías, el heteo.” (2 Samuel 11:6).

Ahora bien, Urías era el esposo de Betsabé, y era parte de la infantería del ejercito de Israel. Evidentemente, Urías era parte de un destacamento elite de soldados, porque las Escritura lo menciona como uno de los siete hombres más fuertes de David (ver 23:39). Cuando Joab recibió el mensaje, debió ponerse sospechoso. Él conocía el corazón de David, incluyendo sus tendencias lujuriosas. A pesar de eso, el general mando a Urías a Jerusalén, para averiguar lo que David tenía que decirle.

Cuando Urías llego, David lo recibió en su residencia real e inmediatamente comenzó una conversación militar. Él le preguntó: “¿Cómo va la guerra? Y ¿cómo esta tu general? ¿Tus compañeros se están llevando bien? “Urías debió preguntarse: ¿De que se trata todo esto? Soy tan solo un hombre de infantería. No he hecho nada que merezca este tipo de atención.” O, también se habrá puesto sospechoso. Pudo haber escuchado algún chisme acerca de la aventura (aunque las Escrituras no registran que esto fuera conocimiento público).

Lo cierto es, que David le estaba tendiendo una trampa a Urías. El rey pensó que su problema se solucionaría si tan solo pudiera poner a Urías en la cama de Betsabé por una noche. Entonces Urías pensaría que él había causado el embarazo de su esposa. David le dijo: “Has peleado una larga batalla, y debes estar cansado. ¿Por qué no te vas a tu casa y descansas esta noche? Enviare comida especial para que disfrutes.” Pero cuando Urías se fue, el no fue a su casa. En vez de eso, él durmió en la casa de guardias en las afueras del palacio. Cuando David supo esto al otro día, él llamo a Urías y le pregunto: “¿Por qué no fuiste donde tu esposa anoche?”
Urías contestó: “El Arca, Israel y Judá habitan bajo tiendas; mi señor Joab y los siervos de mi señor, en el campo; ¿cómo iba yo a entrar en mi casa para comer y beber, y dormir con mi mujer? ¡Por vida tuya y por vida de tu alma, nunca haré tal cosa!” (2 Samuel 11:11). Urías solo podía pensar en sus compañeros. Su lealtad debió poner carbones ardientes sobre la cabeza de David.

Ahora, el pánico del rey aumentó. Rápidamente, ordeno que Urías se quedara en Jerusalén una noche más. Entonces él puso otro plan en acción. Esa noche, invitaría a Urías a su mesa a cenar, lo llenaría de vino y lo emborracharía. Sí Urías perdía sus estribos, se olvidaría de sus compañeros y querría dormir con su esposa.

¿Puedes imaginarte a este rey piadoso, un predicador de justicia, tratando de emborrachar a uno de sus fieles soldados? Eso es exactamente lo que David hizo. Y el plan funcionó: Urías se emborracho. David dio ordenes a sus guardias del palacio, “lleven a este hombre a su casa y a su cama.” Pero nuevamente, las escrituras dice, “Por la tarde salió a dormir en su cama, junto a los guardias de su señor; pero no descendió a su casa.” (11:13).

En este momento, el pánico de David aumentó más allá del control. Él sabía que tenía que tomar acción drástica. Así que escribió una carta a Joab, ordenándole que pusiera a Urías en el frente de la batalla más ardiente. Entonces, cuando el enemigo surgiera, Joab debía retroceder con todas sus tropas excepto Urías. En resumen, David quería que mataran a Urías.

David le entrego una carta sellada a Urías con instrucciones de entregarla a Joab. El leal Urías no lo sabia, pero su comandante-en-jefe acababa de entregarle su propia sentencia de muerte. Cuando Joab leyó la carta, el se dio cuenta del plan de David. Más sin embargo, obedeció la orden del rey de todas maneras. Él envió a Urías a una misión suicida. Y tal como David había planeado, mataron al soldado en la batalla.

Es difícil concebir que un hombre piadoso y justo como David pudiera caer en tal horrible pecado. Aun hoy, con todos los reportes noticieros de violaciones, violencia y asesinatos, la historia de David sobresale como una de las peores caídas que cualquier líder hubiera tomado. ¿Por qué? Porque le sucedió a un hombre de Dios, alguien apasionado por la justicia y rectitud.

Probablemente, recuerdes lo que siguió a esto: Betsabé lloro la muerte de su esposo por siete días, según la ley. Entonces David la llevo al palacio, donde ella se unió a su harén de esposas (el ya tenia cinco). Con el tiempo, Betsabé dio a luz al bebe de David. Y por todo un año después del asesinato, David no mostró señales de arrepentimiento por sus hechos. De hecho, él justificó la muerte de Urías ante Joab, diciendo que Urías había muerto por fortunas de guerra: “… porque la espada consume, ora a uno, ora a otro;” (11:25).

"Gracias a Dios que David tuvo un 
pastor que no temía al hombre."
Natán, el profeta era el pastor de David. Y el no tuvo temor de exponer el pecado en su rebaño, incluyendo el pecado del rey. Veo a Natán como un tipo del pastor piadoso que gime por los pecados en su congregación. Debió entristecerlo profundamente que David, un hombre a quien todos consideraban como piadoso y justo, estuviera encubriendo pecado.

Muchos ministros jóvenes me han hecho preguntas similares: “¿Cómo puedo tratar con el pecado en mi congregación? Tantas parejas se están divorciando, y otros están viviendo en adulterio. Yo sé que tengo la responsabilidad de predicarles acerca de la santidad de Dios. Pero no quiero ahuyentarlos de la iglesia, tampoco.”

Mi contesta a estos predicadores jóvenes es siempre la misma: “Tu congregación escuchara cualquier cosa que tengas que decir, si lo dices a través de lagrimas. No puedes darle sobre la cabeza con tu mensaje. Ellos tienen que saber que tu corazón esta quebrantado. Trata de llevarlos al arrepentimiento predicando la gracia de Dios. Si, la Palabra es una espada de dos filos, pero tienes que manejarla con guantes de terciopelo.”

Por supuesto, esta no es la actitud de cada pastor. Regularmente, recibo cartas de cristianos que dicen, “Tiene que escuchar predicando al Reverendo fulano de tal. Él es durísimo con el pecado.” Pero, la mayoría de las veces, los casetes de los sermones de estos predicadores no son mas que diatribas furiosas contra cosas externas. Sus mensajes raramente incluyen la misericordia o gracia de Dios. En vez de eso, ponen cargas pesadas sobre sus ovejas, mas sin embargo, nunca levantan un dedo para aliviarlos.

Yo creo que Natán nos provee con un ejemplo maravilloso de cómo un ministro piadoso expone el pecado. El no entró airado en la presencia de David, con los brazos en el aire y la voz como trueno. El no señaló la cara de David con su dedo huesudo gritándole: “¡tú eres el culpable!” No, él llevó el mensaje de Dios, temible y revelador de pecado con gran sabiduría, poder persuasivo y tierna misericordia. Y él usó una parábola para hacerlo.

Natán le dijo a David: “Un hombre pobre tenía una sola corderita. Era la mascota de la casa y era amada como un miembro de la familia. Esta corderita se sentaba en la pierna de todos, buscando ser mimada. Así que el hombre la crió y alimento como uno de sus hijos. Ahora el hombre pobre tenia a un vecino rico dueño de mucho ganado. Un día el hombre rico estaba entreteniendo visita. Cuando llego la hora de cenar, mando a uno de sus sirvientes a matar un cordero. Pero le dijo al sirviente que no lo tomara de su propio rebano, sino que lo robara del vecino, lo matara, cocinara y sirviera a su visitante.”

Cuando David escucho esto, se encendió. Le dijo a Natán, “¡Ese hombre rico merece la muerte!” “¡Vive Jehová, que es digno de muerte el que tal hizo! Debe pagar cuatro veces el valor de la cordera, por haber hecho semejante cosa y no mostrar misericordia.” (2 de Samuel 12:5-6).

En este momento, Natán debe tener lágrimas en los ojos. Temblando, le dijo a David: “Tú eres ese hombre. … has tenido en poco la palabra de Jehová,…A Urías, el heteo, lo mataste a espada y tomaste a su esposa como mujer.” (12:7, 9).

Natán estaba diciendo: “David, ¿es que no entiendes? Estoy contando tu historia. Tú tenías cinco esposas, sin embargo, robaste la única esposa de otro hombre. No tuviste misericordia de él. Lo mandaste a la batalla para que fuera asesinado, para apoderarte de su corderita. Te has convertido en un adultero, un asesino y un ladrón. Has tomado la Palabra de Dios ligeramente.” Natán expuso cada detalle del pecado de David. Pero el no lo hizo con furia; mas bien, él le habló sencillamente al rey: “… dijo Natán a David” (12:7, énfasis propio).

Ese fue el momento en que todo golpeo a David, y el se quebrantó. Cuando leemos los escritos de David de ese tiempo, vemos el clamor de un corazón quebrantado: “Mis huesos están débiles. No puedo dormir. Cada noche cubro mi almohada con lagrimas.” El Espíritu Santo estaba persiguiendo a David, hablando a su corazón, animándole a arrepentirse. El no pudo escapar la persecución misericordiosa de Dios.

"Mientras leo y releo esta historia, el Espíritu Santo no me dejaba hastaque me mostró una poderosa verdad"

Después de estudiar este pasaje, comencé a clamar a Dios: “O Señor, ¿serás tan misericordioso conmigo como lo fuiste con David? ¿Me enviaras una poderosa palabra que exponga el pecado, como le enviaste a él? Por favor, Dios, si alguna vez me deslizo al compromiso, ponme bajo la reprobación santa de un profeta que no teme exponer el pecado.”

Yo creo que uno de los dones de misericordia más grandes de Dios a su iglesia son sus fieles ministros, quienes amorosamente nos reprueban de nuestros pecados. Doy tantas gracias a Dios por tales “predicadores Natán,” gente que no temen ofender a los ancianos, diáconos o miembros ricos de la iglesia. Se ponen cara a cara con cualquiera, para exponer sus iniquidades en ternura y amor.

Por supuesto, que nadie quiere tal reprobación. Algunos en nuestra lista de correo han escrito: “No me gusta abrir sus cartas. Leerlas siempre me hace sentir incomodo. Me desaniman.” “Yo no puedo servirle a un Dios como el suyo, quien siempre esta rebuscando en mi alma para exponer cosas.” “Usted necesita suavizar sus mensajes. No puedo soportarlos.”

Yo sé que como un pastor amante, tengo que cuidar mi tono. Pero no puedo pedir disculpas por predicar la verdad convencedora. Te pregunto, ¿qué le sucede a la iglesia cuando los pastores no le muestran a la gente sus iniquidades? ¿Dónde hubiera terminado David, si no tuviera a Natán para mostrarle su maldad?

Tienes que entender, Natán estaba muy bien enterado que el poderoso rey podía matarlo en cualquier momento. Él había visto a David furioso en muchas ocasiones. Así que, ¿por qué Natán no dijo, “Solo seré un amigo de David. Orare por él y estaré presente cuando me necesite. Tengo que confiar que el Espíritu Santo lo convencerá.” ¿Qué hubiera pasado?

El peor juicio posible es que Dios te entregue a tu pecado, que detenga todo trato del Espíritu Santo en tu vida. Sin embargo, eso es exactamente lo que esta pasando con muchos cristianos hoy día. Escogieron escuchar solo predicas suaves que aseguran la carne. Donde no hay Palabra convincente, no puede haber tristeza piadosa por el pecado. Y donde no hay tristeza piadosa por el pecado, no puede haber arrepentimiento. Y donde no hay arrepentimiento, solo hay dureza de corazón.

El apóstol Pablo escribió a la iglesia de los Corintios: “Ahora me gozo, no porque hayáis sido entristecidos, sino porque fuisteis entristecidos para arrepentimiento, porque habéis sido entristecidos según Dios,… La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento…” (2 Corintios 7:9-10). Pablo dijo que su clamor contra el pecado de los corintios produjo tristeza santa en ellos que los llevo al arrepentimiento. A su vez, eso produjo en ellos un odio hacia el pecado, un temor santo de Dios y un deseo para vivir rectamente. Pero esto nunca hubiese pasado si el no hubiera predicado una palabra convincente, aguda y penetrante.

La razón por la cual Pablo hablo tan fuertemente a los corintios era, “… para que se os hiciera evidente la preocupación que tenemos por vosotros…” (7:12). En otras palabras: “yo no estaba tratando de molestarlos o condenarlos. Yo expuse su pecado para que vieran cuanto los amo y tengo cuidado de ustedes. Cuando el Espíritu Santo toca la puerta de su corazón, a veces suena como un golpe severo. Pero, en realidad, Dios esta mostrando su tierno amor.”

Sin tal palabra, seguro que David hubiera caído bajo terrible juicio. Ya el había pasado un año en sus asuntos, sin enfrentar lo que había hecho. El no escucho ninguna palabra de reprensión o corrección. Así que con cada día que pasaba, su pecado se hizo más fácil de ignorar. Además, su ejército seguía ganando victorias decisivas. En la superficie, todo parecía irle bien. Pero estoy seguro que David tenia problemas para dormir en la noche. Probablemente, se despertaba cada día con una nube oscura colgándole encima. El hecho es, nadie que tiene intimidad con el Señor puede permanecer cómodo viviendo en pecado.

Permíteme darte un ejemplo: yo aconseje a un querido hermano cristiano a quien yo sospechaba que sostenía una aventura. Cuando se lo pregunto, lo negó vehementemente. Luego, un mes más tarde, pidió verme tarde una noche. Cuando me encontré con el, el esta llorando y quebrantado. El confeso, “Pastor, he estado viviendo en el infierno por semanas; le he mentido a usted y a Dios. He estado viviendo en adulterio. He repetido cada mensaje del pulpito, cada palabra de aviso. Y pude acallar la voz de Dios.” El Espíritu Santo continuamente le recordaba a este hombre todas las predicas que exponen el pecado que había escuchado. Y él fue llevado a arrepentimiento al recordar esa palabra predicada.

Ahora te doy otro ejemplo: una hermana en Cristo me escribió, “Hermano David, he estado casada por veinte años. Amo a mi esposo, pero ahora probablemente tendré que dejarlo aunque no quiera. No puede descifrar porque este hombre de Dios, quien va a la iglesia conmigo regularmente, comenzara a deteriorarse tanto en su carácter. Se ha vuelto deshonesto conmigo, un muro creció entre los dos. Pronto el se convirtió en un extraño para toda nuestra familia. No podía discernirlo. Ore e hice todo lo que pude para poder entender porque el se estaba deshaciendo. Entonces descubrí porque: estaba enviciado a la pornografía desde antes de casarnos, y por algún tiempo después. El aun dice ser cristiano y asiste a la iglesia conmigo. Pero se niega a dejar el vicio.”

Este hombre esta a punto de perder su familia y su hogar. Él declara que ha nacido de nuevo y que va camino al cielo. ¿Crees que él necesita un golpecito en la espalda y una palabra de seguridad? ¿Necesita el escuchar a algún predicador decir: “Estas bien, Jesús te ama? ¡No, nunca! Él necesita un Natán, alguien que le diga, “¡Tú eres hombre culpable!” Él necesita ser despertado, que le enciendan el fuego del Espíritu Santo debajo de él. De otra manera, será entregado a su pecado y con el tiempo será destruido.

"Yo creo que sin la palabra convincente de Natán, 
David hubiese caído bajo el peor juicio conocido por la humanidad."
"Si no hubiera un Natán—ninguna palabra profética y penetrante—David hubiese terminado como Saúl: espiritualmente muerto, sin dirección del Espíritu Santo, habiendo perdido toda intimidad con Dios."

Mientras David escuchaba la palabra amorosa pero penetrante de Natán, él recordó el tiempo cuando un rey anterior fue advertido por un profeta. David había escuchado todo acerca de Samuel advirtiendo al Rey Saúl. Y él había escuchado la respuesta a medias de Saúl, confesando, “He pecado.” (Yo no creo que Saúl clamo desde su alma, como lo hizo David, “¡He pecado contra el Señor!”).

David vio de primera mano los cambios ruines que cayeron sobre Saúl. El rey que una vez fue piadoso y dirigido por el Espíritu continuamente rechazaba las palabras de reprobación del Espíritu, llevadas a él por un profeta santo. Pronto Saúl comenzó a caminar en su propia voluntad, amargura y rebelión. Finalmente, el Espíritu Santo se aparto de él: “Por cuanto rechazaste la palabra de Jehová, también él te ha rechazado para que no seas rey” (1 Samuel 15:23). “… de Saúl se había apartado;” (18:12). Saúl termina yendo a una bruja buscando dirección. Él le confeso a ella, “Dios se ha apartado de mí y ya no me responde, ni por medio de los profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me digas lo que debo hacer.” (28:15).

David recordó toda la locura, fealdad y terror que rodeaba a este hombre quien le había cerrado la puerta a la Palabra de Dios. De repente, la verdad penetró su propio corazón: “Dios no hace acepción de personas. He pecado como Saúl. Y ahora aquí está otro profeta, en otro tiempo, dándome la Palabra de Dios, como Samuel se la dio a Saúl. O, Señor, ¡he pecado contra ti! Por favor no quites tu Santo Espíritu de mí, como hiciste con Saúl.”

David escribió, “porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado; he hecho lo malo delante de tus ojos,…Purifícame… ¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, … No me eches de delante de ti y no quites de mí tu santo espíritu.” (Salmo 51:3-11).

Un comentarista sugiere que a pesar del arrepentimiento de David, el nunca se recupero de su caída. Él señala que la Biblia dice poco acerca de cualquier victoria por David después de este tiempo. Más bien, él sugiere, David meramente se desvaneció al trasfondo hasta su muerte.

Es cierto que David pago severas consecuencias por su pecado. De hecho, él profetizo juicio sobre si mismo: El le dijo a Natán que el hombre rico que le robo el cordero al hombre pobre debe restaurar todo cuatro veces. Y eso fue justo lo que sucedió en la vida de David: él bebé que Betsabé dio a luz murió en pocos días. Y tres de los otros hijos de David—Amón, Absalón y Adonias—todos tuvieron muertes trágicas y antes de su tiempo. Así que, David pago por su pecado, con cuatro de sus propios corderos.

Mas la Biblia claramente muestra que cada vez que volvemos al Señor en arrepentimiento genuino y del corazón, Dios responde trayendo absoluta reconciliación y restauración. No tenemos que terminar como Saúl, descendiendo a la locura y al terror. Ni tampoco tenemos que ‘desvanecernos’ de la vida, pasando nuestro tiempo en vergüenza callada hasta que el Señor nos lleve. Al contrario, el profeta Joel nos asegura que Dios entra inmediatamente cuando nos volvemos a él: Rasgad vuestro corazón… convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo.” (Joel 2:13).

Extraordinariamente, Dios luego nos da esta increíble promesa: “Yo os restituiré los años que comió la oruga,… Comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre de Jehová, vuestro Dios, el cual hizo maravillas con vosotros; y nunca jamás será mi pueblo avergonzado.” (2:25-26). El Señor promete restaurar todo.

Tienes que entender, cuando esta profecía fue dada, Dios ya había pronunciado juicio sobre Israel. Pero el pueblo se arrepintió, y Dios dijo, “Ahora voy hacer cosas maravillosas para ti. Voy a restaurar todo lo que el diablo se robo.”

Amados, las tiernas misericordias de Dios permite al peor pecador decir, “No soy un adicto a drogas. No soy un alcohólico. No soy un adultero. Soy un hijo del Dios viviente, con todos los derechos del cielo en mi alma. Ya no vivo bajo condenación, porque mi pasado esta completamente detrás de mí. Y no tengo que pagar por mis pecados pasados, porque Jesús pago el precio por mí. Lo que es mas, él dice que me restaurara todas las cosas.”

Esta es la verdad de lo que le sucedió a David: Él escuchó la Palabra de Dios a través de Natán, el se arrepintió y obedeció, y como resultado, el paso el resto de su vida creciendo en su conocimiento de Dios. El Señor dio gran paz a la vida de David. Y con el tiempo, todos sus enemigos fueron silenciados.

Pero la evidencia mas clara de la restauración de Dios en la vida de David es su propio testimonio. Lee lo que David escribió en los días de su muerte:

Jehová es mi roca, mi fortaleza y mi libertador; Mi Dios, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio, mi salvador.” (2 Samuel 22:2-3). Este no es el testimonio de alguien que se ha desvanecido.
 “… mi Dios clamé y escuchó mi voz…me tomó. Me sacó de caudalosas aguas. … Me sacó a lugar espacioso, me libró porque me amaba.” (22:7, 17, 20). Hemos estudiado todo lo que David hizo para desagradar al Señor. Pero, aun después de todo eso, David pudo decir, “El Señor se deleita en mi.”

Esta es la razón por la cual David siempre será conocido como “un hombre acorde con el corazón de Dios: Es porque el rápidamente y genuinamente se arrepintió de sus pecados. Proverbios nos dice:

“… pero el que acepta la corrección recibirá honra.” (Proverbios 13:18). Dios te honrara, si amas y obedeces la corrección santa.
“… sino que rechazaron mi consejo y menospreciaron todas mis reprensiones comerán del fruto de su camino y se hastiarán de sus propios consejos. Porque el desvío de los ignorantes los matará, (1:30-32). Si vuelves oídos sordos a la corrección santa, terminara destruyéndote.
“… y camino de vida son las reprensiones…” (6:23). Simplemente, la Palabra convencedora de Dios trae vida.

Querido santo, la verdad acerca de “predicas duras,” si es predicada con lágrimas, es que es en realidad “predica de gracia.” Si estas siendo sondeado por la Palabra de Dios—si su Espíritu no esta permitiéndote sentarte cómodo en tu pecado—entonces se te esta mostrando misericordia. Es el profundo amor de Dios obrando, atrayéndote de la muerte a la vida.
¿Responderás a él como David? Si es así, conocerás la verdadera restauración y reconciliación. Y Dios restaurara todo lo que el enemigo se ha robado. ¡Aleluya!

 Por David Wilkerson

 


Algunos predicadores dominan sus asuntos y algunos asuntos dominan al predicador. De vez en cuando encontramos algún predicador que es dueño de ambas cosas y domina también su asunto.

El apóstol Pablo era de esta categoría. Miremos a Pablo en Efeso (Hechos 19): Siete hombres están tratando de usar una fórmula religiosa sobré una víctima del tipo de la de Gadara, pero el usar términos teológicos o versículos de la Biblia contra hombres poseídos por el demonio es tan ineficaz como lanzar bolas de nieve contra el peñón de Gibraltar con la esperanza de derribarlo. Un solo hombre controlado por el demonio fue un pugilista capaz de propinar una buena paliza a los siete tontos psicópatas. Mientras los siete hijos de Sceva huían por las calles descamisados y avergonzados, el hombre poseído por el espíritu inmundo aumentaba su guardarropía con siete trajes. Por esto los siete fugitivos, heridos y temerosos, se vieron obligados a contar la historia. De este modo Dios tornó su locura en gloria para Cristo, pues el nombre del Señor fue grandemente temido y ensalzado. Muchos espiritistas de aquella época fueron convertidos; judíos y griegos fueron salvos. Y en una hoguera pública destrozaron y quemaron libros de falsos cultos por valor de 50.000 piezas de plata.

Así se cumplió: «La ira del hombre te acarreará alabanza.» Escuchad el testimonio del demonio: «A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros, ¿quiénes sois?» 



Esta es la más alta alabanza que la tierra o el infierno pueden conceder a una persona: ser considerado por el enemigo como identificado con Jesús. ¿Cómo consiguió esto el apóstol Pablo? ¿Por qué los demonios conocían a Pablo? ¿Es que le habían apaleado también a él, o él les había apaleado a ellos? ¡Ciertamente! Considerad por un momento la historia de Pablo. Dios y Pablo estaban en términos muy íntimos. Le habían sido concedidas grandes revelaciones, sus servidores eran ángeles y sus humildes manos eran en gran manera poderosas. Sus palabras llenas de poder del Espíritu de Dios rompieron los grillos del alma de una muchacha atada por el demonio, a la cual los hombres usaban como adivina. En Corinto, la ciudad más corrompida del mundo greco-romano,, este poderoso Pablo cavó cimientos en el «Pantano del Desaliento» y a las mismas puertas de la corte diabólica estableció una iglesia. Más tarde arrebató almas frente a las mismas narices de César: miembros de su propia corte. Ante los reyes Pablo se hallaba como en su casa, pues dijo: «Me siento por dichoso, oh rey Agripa.» Pablo trastornó, asimismo, la capital intelectual del mundo (la colina de Marte) hablándoles de una verdad, la de la resurrección, que confundió a sus cultos oyentes. Mientras Pablo vivió, el infierno no tuvo paz.

¿Cuál era la armadura de Pablo? ¿Dónde había afilado su espada? Más de una vez Pablo usó la expresión: «Estoy persuadido», y aquí radicaba su secreto. Verdades reveladas le habían hecho sabio. La Palabra, como el Señor mismo, son inmutables. El áncora de Pablo estaba echada en las profundidades de la fidelidad de Dios. Su hacha de batalla era la Palabra del Señor; su fortaleza, la fe en esta Palabra. El Espíritu avisaba a Pablo de la próxima estrategia del adversario, cuyas maquinaciones no le eran ocultas; por esto el infierno sufría derrotas. Cuando unos hombres impíos quisieron asesinar a Pablo, un muchachito descubrió el complot y los hombres y los demonios tuvieron un fracaso.

La espiritualidad, que salva a los hombres del infierno y los preserva de pecados vulgares, es maravillosa, pero yo creo elemental. Cuando Pablo fue a la cruz, el milagro de la conversión y regeneración tuvo lugar; pero cuando más tarde llegó a la cruz, tuvo lugar el mayor milagro, el de su identificación con Cristo. Este es, creo yo, el mayor argumento del apóstol. Ser muerto y vivir al mismo tiempo. «Vosotros sois muertos», escribió Pablo a los Gálatas. Suponed que aplicamos esta expresión literalmente a nosotros mismos. ¿Somos nosotros muertos"! ¿Muertos a la alabanza y a la crítica? ¿Muertos a la moda y a la opinión humana? ¿Muertos de tal modo que no haya manera de que podamos ser identificados por los que conocían nuestra antigua vida? ¿Muertos de tal modo que no recibamos ofensa si otro obtiene alabanza por aquello que nosotros hicimos? ¡Oh dulce, sublime experiencia la de estar plenamente satisfechos por la presencia de Cristo en nuestras almas y nada más! Así podríamos cantar con Wesley:


Muertos al mundo y a sus vanidades, A sus pompas y vanos goces, Sea Jesús mi única gloria.

Sí, Pablo estaba muerto. Luego añade: «Pero vivo no ya yo.» El cristianismo es la única religión en el mundo en que el Dios de la persona vive dentro de ella. Pablo no luchó más con la carne (ni con la suya ni con la de ningún otro), luchó «contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas.» ¿No arroja esto mucha luz acerca de por qué el demonio dijo: «A Pablo conozco»! Pablo había estado luchando contra los poderes del demonio. (En estos días modernos, el arte de «atar y desatar», al cual Cristo se refiere y que Pablo conocía tan bien, es casi olvidado e ignorado.)

En el último momento de su terrena peregrinación Pablo declaró: «He peleado la "buena batalla".» Los demonios podían haber dicho amén a esta declaración, pues -ellos sufrieron más de Pablo que Pablo de ellos. Pablo era bien conocido en el infierno.

Otra áncora en la cual había Pablo sujetado su alma era en la ira de un Dios santo contra el pecado. «Estando, pues, poseído del temor del Señor, persuadimos a los hombres» (2.a Corintios 5:11). Pablo contaba a los hombres como perdidos. La otra noche vi una proyección luminosa sobre una pantalla, pero estaba borrosa y no significaba nada. Entonces la mano del operador enfocó la imagen. ¡Qué diferencia! Así nosotros, los cristianos, necesitamos la mano divina que enfoque ante nuestros ojos el cuadro de los hombres perdidos por la eternidad. Porque Pablo amaba a su Señor con un amor perfecto, aborrecía el pecado con un odio perfecto. Por esto él veía a los hombres, no sólo como pródigos, sino también como rebeldes; no sólo como náufragos de la justicia, sino como conspiradores en su maldad, que necesitaban ser perdonados o castigados. Con la fiereza de su amor, ardía de ira ante la injusticia de los hombres sujetos al poder de los demonios. Por eso su lema era: «Una cosa hago.» El no tenía intereses personales, no tenía ambiciones, no tenía por qué hacerse popular y apreciado de las gentes para que le invitaran a predicar o compraran sus libros. No tenía ambiciones; por lo tanto, ningún motivo para sentir envidia. No tenía reputación, y por tanto carecía de motivos para pelear con otros. No tenía posesiones, y por tanto no tenía necesidad de preocuparse. No tenía derechos, y por tanto no podía ser agraviado. Ya había sido quebrantado, así que nadie podía quebrantarlo; era muerto, nadie podía matarle. El era el menor entre los menores, así que nadie podía humillarle. Había sufrido la pérdida de todas las cosas, así que nadie podía defraudarle. ¿No echa todo esto alguna luz de por qué el diablo dijera: «A Pablo conozco» Por causa de este hombre, intoxicado del celo de Dios, el infierno sufría muchos quebraderos de cabeza.

Había todavía otra áncora a la cual el espíritu de este santo hombre se hallaba amarrado, y era la eficacia de la sangre de Jesús y su poder para salvar plenamente. «TODOS pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» —dice—, pero Cristo es poderoso para salvar eternamente a TODOS los que vienen a Dios por El. ¡Oh, que el mundo pueda conocer al Cordero que limpia de todo pecado! Para Pablo no había redención limitada. Era zelote y quería serlo. A la luz de un infierno eterno, ¿qué valor tenían las cosas perecederas? Y, en nuestro tiempo, ¿qué valor tienen los honores humanos? ¿Cuáles son los principios de la perdición? Que ahora mismo los hombres están PERDIDOS exactamente igual como lo serán cuando mueran. Ahora mismo los hombres están en el vértice del gran torbellino de iniquidad que por fin les engullirá al infierno eterno. ¿Es esto verdad? Pablo estaba convencido de que lo era. Entonces, ¡oh brazo del Señor, despiértate, vístete de fortaleza!» (Isaías 51:9) y hazme tu hacha de batalla y tus armas de guerra, me parece oír a Pablo decir.

Otra áncora en la que Pablo estaba asegurado era: «Ausente del cuerpo, pero presente al Señor» (2.a Corintios 5:8). ¡Nada de sueño de las almasl ¡Nada de estado intermedio! De la vida terrena a la vida eterna. Ante el pensamiento de la eternidad, el lenguaje le falta y la imaginación se detiene. Pablo podía escribir de sus azotes, prisiones, ayunos, cansancios, dolores, etc., como «una aflicción momentánea y leve», recompensada por el hecho de: «Así estaremos siempre con el Señor.» Todas las municiones de los demonios eran malgastadas cuando intentaban atacar a Pablo. ¿Os extrañáis de que uno de ellos dijera: «A Pablo conozco»

La verdad final a la cual Pablo había anclado su propia alma era: «DEBEMOS TODOS COMPARECER ANTE EL TRIBUNAL DE CRISTO» (2.a Corintios 5:10). El vivir ante los valores de la eternidad había quitado a la muerte su aguijón. Viviendo una vida recta (no tan sólo rectamente, sino según el modelo hallado en la Palabra Santa) no se preocupaba del después. Pablo había sido hecho tan semejante a la imagen del Hijo que podía decir: «Lo que habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto haced» (Filipenses 4:9). Copiar de otras copias, por lo general no es seguro; pero es seguro copiar de Pablo, pues él estaba plenamente rendido, totalmente santificado, completamente perfecto y «completo en Cristo».

¿Os extraña todavía que un demonio dijera: «A Pablo conozco»? ¡A mí no!




 Por Leonard Ravenhill

UN CRISTO DIVIDIDO, UNA HEREJÍA EVANGÉLICA
Por A. W. Tozer 

“Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia”
1ª de Pedro 1:14
Las Escrituras en ninguna parte enseñan que la persona de Jesucristo o ninguna de sus funciones u oficios importantes los cuales Dios le dio, puedan ser divididos o ignorados.

Pero ha entrado una herejía muy perniciosa a través de todos nuestros círculos evangélicos cristianos. Es un concepto ampliamente aceptado de que nosotros como humanos podemos escoger aceptar a Cristo únicamente porque lo necesitamos como nuestro Salvador, y que tenemos el derecho de posponer nuestra obediencia a Él como nuestro Señor, por todo el tiempo que queramos.

Este concepto ha brotado naturalmente de un mal entendido de lo que la Biblia dice en realidad acerca del discipulado cristiano y la obediencia. Confieso que yo estaba entre aquellos que lo predicaban, antes de que empezara a orar a conciencia, a estudiar diligentemente, y a meditar con angustia sobre todo este asunto.

Creo que lo siguiente es una declaración semejante a lo que a mí se me enseñó en mi primera experiencia cristiana: “Nosotros somos salvos recibiendo a Cristo como nuestro Salvador y somos santificados recibiendo a Cristo como nuestro Señor. Y es posible que hagamos lo primero sin hacer lo segundo”. Ciertamente este concepto requiere de una profunda modificación en las mentes y que muchos la corrijan para guardarnos del error.

La verdad es que la salvaciÓn separada de la obediencia no existe en las Escrituras. Pedro hace ver muy claro que nosotros somos “elegidos según la presciencia (conocimiento anticipado) de Dios el Padre, a través de la santificación del Espíritu para obediencia” (1a de Pedro 1:2, paráfrasis del autor).

Que tragedia es que en nuestros días, oímos muy seguido que el evangelio se predica sobre estas bases: “¡Ven a Jesús! No tienes que dejar nada, no tienes que cambiar nada, no tienes que entregar nada, no tienes que dar nada a cambio, únicamente ven a Él y cree en Él como tu Salvador”.

Así que la gente viene y cree en el Salvador. Más tarde en una reunión o en una conferencia ellos oirán otro llamado: “Ahora que tú ya has recibido al Señor como tu Salvador, lo tomarás o lo recibirás como tu Señor?”.

El hecho de que esto se oiga en todas partes no lo hace correcto. Insistirle a la persona que crea en un Cristo dividido es una enseñanza incorrecta. ¡Nadie puede recibir la mitad de Cristo, o la tercera parte de Cristo, o una cuarta parte de la persona de Cristo!

He oído a siervos de Dios decir con buena intención: “Ven y cree en la obra terminada (ya todo está hecho)”. Esta obra no te va a salvar. La Biblia no nos dice que creamos en una función o en una obra. Más bien dice que creamos en el Señor Jesucristo, la persona que ha hecho esta obra y que tiene todas esas funciones.

Me parece sumamente importante que Pedro hable de sus compañeros cristianos de aquel tiempo como “niños obedientes” (Ver 1a de Pedro 1:14). Él no les estaba dando una orden o una exhortación a ser obedientes. En realidad él dijo: “Supongo que ustedes son creyentes, por eso también creo que son obedientes. Así que ahora, como niños obedientes, hagan esto y esto”.

La obediencia se enseña a través de toda la Biblia y la verdadera obediencia es uno de los requerimientos más difíciles en la vida cristiana. Separada de la obediencia no puede haber salvación, la salvación sin obediencia no es posible porque es contraria a lo que está escrito en la palabra de Dios.

La esencia del pecado es la rebelión en contra de la autoridad divina
Dios dijo a Adán y a Eva: “No comerás de este árbol, porque en el día que tú comieres ciertamente morirás” (Ver Génesis 2:16-17). Esta es una orden divina que requería obediencia de parte de aquellos que tenían voluntad propia y el poder de escoger.

A pesar de la advertencia tan fuerte que se les dio, Adán y Eva extendieron la mano y comieron de la fruta, y así desobedecieron y se rebelaron, trayendo el pecado y la condenación sobre sí mismos.

Pablo escribe clara y directamente en el libro de Romanos acerca de “la desobediencia del hombre”. Lo que escribió el apóstol es una palabra dura dada por el Espíritu Santo: “Por medio de la desobediencia de un hombre vino la caída de la raza humana” (Ver Romanos 5:12-21).

En el evangelio de Juan está muy claro que el pecado es desobediencia a la ley de Dios.
El cuadro de los pecadores que Pablo describe en el libro a los Efesios concluye que la gente del mundo son “los hijos de desobediencia”. Pablo quiere decir que la desobediencia los caracteriza, que constituye su condición, que los moldea. Que la desobediencia se ha convertido en una parte de su naturaleza.

Todo esto nos da un antecedente para la gran pregunta que siempre ha surgido ante la raza humana: ¿quién es el jefe? Esto se convierte en una serie de tres preguntas: ¿a quién pertenezco?, ¿a quién le debo lealtad?, ¿quién tiene autoridad para requerirme obediencia?

Yo supongo que de toda la gente del mundo, son los americanos los que tienen mayor problema para obedecer a alguien o a algo. Eso es, porque se supone que los americanos son los hijos de la libertad. Son el resultado de una revuelta. Produjeron una revolución cuando tiraron las pacas de té al mar desde el barco en el puerto de Boston. Hubo discursos y dijeron: “El sonido de las armas será llevado por el viento que sopla desde la comunidad de Boston”, y también, “¡Dame la libertad o dame la muerte!”. Esto está en la sangre americana, y cuando alguien dice, “tú le debes obediencia a tal o a cual”, inmediatamente se erizan. En realidad, no nos agrada la indicación de someternos en obediencia a nadie.

Igualmente, la gente de este mundo tiene una contestación lista y rápida a las preguntas de dominio y obediencia. Dirían, “yo me pertenezco a mí mismo, nadie tiene autoridad para requerirme obediencia”.
Nuestra generación hace gran alarde de esto; le damos el nombre de “individualismo” (sistema de refinado egoísmo), y sobre la base de nuestra individualidad demandamos el derecho de decidir por nosotros mismos.

Ahora bien, si Dios nos hubiera hecho meramente máquinas, no tendríamos el poder de decidir por nosotros mismos. Pero como nos hizo a Su imagen, y nos hizo para que fuéramos criaturas morales (de buenas costumbres y acciones lícitas), por lo tanto el Señor nos ha dado ese poder.

Insisto en que no tenemos el derecho de decidir por nosotros mismos, porque Dios nos ha dado el poder mas no el derecho de escoger la maldad. Viendo que Dios es un Dios santo y que nosotros somos criaturas morales con el poder pero no el derecho de escoger la maldad, ningún hombre tiene ningún derecho de mentir. Tenemos el poder de robar: puedo salir a la calle a conseguir un abrigo mejor que el que tengo ahora. Puedo entrar a un lugar y robarme ese abrigo y salirme por una de las puertas de los lados sin ser observado. Tengo el poder, pero no tengo el derecho.

También tengo el poder de usar un cuchillo, una navaja, o una pistola para matar a cualquier persona, pero no tengo este derecho.

En realidad, solamente tenemos derecho de hacer el bien, porque Dios es bueno. Sólo tenemos derecho de ser santos, pero no malos. Adán y Eva no tenían ningún derecho moral de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, y al hacerlo, usurparon un derecho que no era de ellos.

El poeta Tennyson ha de haber estado pensado acerca de esto cuando escribió en sus “Memorias”: “Nuestras voluntades son nuestras, no sabemos como; nuestras voluntades son nuestras, para hacerlas tuyas Señor”.

Este misterio de la libre voluntad del hombre es demasiado grande para nosotros. Tennyson dijo: “…no sabemos cómo”. Pero continúa diciendo, “…nuestras voluntades son nuestras, para hacerlas tuyas Señor”. Y este es el único derecho que tenemos aquí: hacer de nuestra voluntad la voluntad de Dios; para hacer de la voluntad de Dios nuestra voluntad.

Debemos recordar que Dios es el Soberano y nosotros las criaturas. Él es el Creador y por eso tiene derecho de ordenarnos. Nuestra obligación es obedecer. Es una obligación agradable y puedo decir, que “su yugo es fácil y ligera su carga” (Ver Mateo 11:30).

Ahora vuelvo al punto de la insistencia humana de que Cristo tenga con nosotros una relación dividida. ¿Cómo se puede hallar apoyo para enseñar que nuestro Señor Jesucristo puede ser nuestro Salvador sin ser nuestro Señor? ¿Cómo se puede continuar enseñando que se puede ser salvo sin ninguna intención de obedecer a nuestro Señor? (Ver Hechos 2:36).

Estoy convencido de que cuando un hombre cree en Jesucristo, debe creer en todo el Señor Jesucristo, sin ninguna reserva. Yo creo que no es correcto ver a Jesucristo como un tipo de enfermero divino a quien nosotros acudimos cuando el pecado nos ha enfermado, y que después de que nos ha ayudado decirle “adiós”, y seguir por nuestro propio camino.

Vamos a suponer que entro a un hospital y le digo al personal que necesito una transfusión de sangre, o una radiografía de mi próstata. Después de que ellos me prestan sus servicios y me atienden, me salgo por la puerta del hospital con un alegre “adiós”, diciéndoles que fueron muy bondadosos en ayudarme cuando lo necesité, y me voy como si no les debiera nada.

Puede ser que esto suene grotesco, pero pinta claramente el cuadro de aquellos a quienes se les ha enseñado que pueden usar a Jesús como Salvador en el tiempo en que lo necesiten, pero sin reconocerlo como Señor y sin deberle obediencia y lealtad.

En ninguna parte de la Biblia se nos enseña a creer que podemos usar a Jesús como Salvador y no reconocerlo como nuestro Señor. Él es el Señor, y así, como Señor, nos salva porque tiene todas las funciones u oficios de Salvador, de Cristo, de Sumo Sacerdote, y Él mismo es sabiduría, justicia, santificación y redención. Todo esto forma parte de Él como Cristo el Señor.

Nosotros no podemos ir a Jesucristo como obreros astutos y decirle, “tomaremos eso y aquello, pero no tomaremos esto”. No vamos a Él como quien compra muebles para su casa y le dice al vendedor, “me llevo esta mesa, pero no quiero la silla”, ¡dividiéndolo! ¡No! ¡Es todo de Cristo, o nada de Cristo!

Necesitamos predicar otra vez al mundo un Cristo completo. Un Cristo que será Señor de todo, o no será Señor de nada.

La salvación verdadera restaura el derecho de la relación entre el Creador y la criatura, porque vuelve a dar derecho a nuestro compañerismo y comunión con Dios. Ustedes se podrán dar cuenta que en este tiempo se ha enfatizado mucho la condición del pecador. Se habla mucho acerca de las aflicciones del pecador, de su pena y de las grandes cargas que lleva, pero nos hemos olvidado del hecho principal, que el pecador es en realidad un rebelde en contra de la autoridad perfectamente constituida de Cristo.

Esto es lo que hace al pecado, pecado. El pecador es un rebelde. Es hijo de desobediencia. El pecado es el quebrantamiento de la ley, y el pecador es un rebelde, fugitivo de las leyes justas de Dios.

Vamos a suponer que un hombre escapa de una prisión. Ciertamente tendrá penas y angustias. Le va a doler cuando se golpee contra troncos, piedras y cercas, igual que cuando se arrastre por ahí en la obscuridad. Va a tener hambre, va a sentir frío y cansancio, va a estar cansado y entumido de frío. Todas estas cosas le pasarán, pero son incidentales comparadas al hecho de que es un fugitivo de la justicia y un rebelde en contra de la ley.

Lo mismo pasa con los pecadores. Ciertamente tienen el corazón quebrantado y llevan una carga muy pesada; la Biblia nos muestra acerca de su condición. Pero ésta, es incidental al compararla con el hecho que nos muestra la razón por la cual el pecador es lo que es: que se ha rebelado contra la ley de Dios, y es un fugitivo del juicio divino.

Esto es lo que constituye la naturaleza del pecado. La carga pesada de miseria y tristeza, la culpabilidad y otras consecuencias, constituyen únicamente lo que brota de una voluntad no rendida al Espíritu Santo. Así que la raíz del pecado es la rebelión en contra de la Ley, la rebelión en contra de Dios. ¿No es el pecador el que dice, “yo me pertenezco a mí mismo, yo no le debo lealtad a nadie a menos que yo quiera dársela?” Esta es la esencia del pecado.

Pero, gracias a Dios, la salvación cambia esto y restaura la relación anterior. Así que, lo primero que hace el pecador que ha regresado a los caminos de Dios, es confesar: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros (siervos)” (Lucas 15:18-19).
En el arrepentimiento, nuestra relación con Dios es restaurada y nos entregamos completamente a la Palabra de Dios y a Su voluntad como niños obedientes (Ver Hechos 3:19).

La felicidad de todas las criaturas morales descansa exactamente en esto: dar obediencia a Dios. El salmista clamó: “Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto“ (Salmos 103:20).

Los ángeles en el cielo tienen su libertad completa y su máxima felicidad al obedecer los mandamientos de Dios. Ellos no lo ven como una tiranía, sino que lo consideran como un deleite.

He estado examinando una vez más los misterios del primer capítulo de Ezequiel y no los entiendo. Hay criaturas con cuatro caras y cuatro alas, seres extraños haciendo cosas extrañas. Hay ruedas y otras ruedas en medio de las primeras. Sale fuego del norte y las criaturas van derecho hacia adelante y algunas bajan sus alas y las ondean. Seres extraños y hermosos todos divirtiéndose de lo lindo, deleitándose completamente con la presencia de Dios y en el hecho de que ellos pueden hacerlo.

El cielo es un lugar en donde te entregas a la completa voluntad de Dios y, ¡es el cielo porque ahí mora Dios! Por más que digamos de sus puertas de perlas, sus calles de oro y sus paredes de jade, ¡el cielo es el cielo porque es el mundo de los hijos obedientes! El cielo es el cielo porque los hijos del Dios Altísimo encuentran que están en su ambiente natural como seres morales obedientes.

El infierno es el mundo del rebelde. Jesucristo dijo que hay fuego y gusanos en el infierno, pero esa no es la razón por la cual es el infierno. Puede que soportes los gusanos y el fuego, pero para una criatura moral que sabe y se da cuenta que él está en donde está porque es un rebelde, esa es la esencia del infierno y del juicio. Ese es el mundo eterno de todos los rebeldes desobedientes que han dicho, “yo no le debo nada a Dios”.

Este es el tiempo que se nos ha dado para decidir. Cada persona hace sus propias decisiones acerca del mundo eterno donde va a vivir.

Nosotros no podemos creer en un Cristo dividido. Debemos recibirlo a Él por lo que Él es —¡El Salvador ungido y el Señor que es el Rey de Reyes y Señor de Señores!— Cristo no sería quien es, si nos salvara, nos llamara y nos escogiera, sin el entendimiento de que Él también va a guiarnos y a controlar nuestras vidas.

¿Es posible que nosotros realmente pensemos que no le debemos obediencia a Jesucristo? Le debemos obediencia desde el segundo en que clamamos a Él pidiéndole que nos salvara, y si no le damos a Él esa obediencia, tengo razones para preguntarme si estamos realmente convertidos.

La Biblia dice: “Este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Ver Hechos 2:36). Jesús significa “Salvador”. Señor significa “Soberano”. Cristo significa “El Ungido”. El apóstol no predicó a Jesucristo como Salvador, él predicó a Jesucristo como Señor, Cristo y Salvador. Él nunca dividió su Persona o sus funciones u oficios.

Tres veces en el libro de los Romanos (Romanos 10:9-13) el apóstol llama a Jesucristo “Señor”. El dice que la fe en el Señor Jesús más la confesión de esa fe al mundo, nos trae salvación.

Escudriña las Escrituras. Lee el Nuevo Testamento. Si tú has sido enseñado a creer de una manera equivocada en un Salvador dividido, debes estar gozoso de que aún haya tiempo para arrepentirte y confiar en el verdadero. Él es el único que te llevará a la vida eterna.
Gracias por visitar nuestro blogger, que Dios le bendiga grandemente. Gracia y Paz.